LA MUERTE EN ZAPATILLAS
República de Cromañón. 30 de diciembre de 2004
Las noticias terribles se fragmentan como un espejo: el grupo Callejeros que canta su última canción, las puertas que no se abren de un boliche en Once, humo de bengalas, de telas y de cuerpos encerrados sin poder escapar. El afuera se llenó de sirenas y de gente buscando restos de chicos. En la calle se revolvían cuerpos y las ambulancias metían bolsas de plástico con cadáveres y los abrazos de los familiares, de los amigos y de los pocos que
habían sobrevivido y que intentaban reconocer aquello que no querían ver. La tragedia llegó a tener el nombre y apellido de los ciento noventa y cuatro jóvenes que nunca quisieron imaginar su propio final. Hay cosas de la catástrofe que quedan de manera irremediable: los nombres y los apellidos en las paredes despintadas por las lluvias, las zapatillas que todavía cuelgan de una soga y que taladran el recuerdo de aquellos que pasamos en colectivo y que aún no podemos creer. Ya no hay humo, ni gritos. Queda el portón cerrado de Cromañón, ese que nunca se abrió para que la libertad pudiera escribir una historia diferente, más justa para aquellos que se merecían otro destino. A veces
marchamos por la vida a ciegas, ignorando adrede la parte que nos compete en la vida de todos.
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